Evangelio: ¿Tiempo de adaptarlo? o ¿Tiempo de adaptarnos a él?
Nota: Este artículo comenzó siendo parte de una conversación con uno de mis lectores, que al final decidí publicar para todos.
Debemos sin temor asegurar que la revelación de Dios que encontramos en las Escrituras se caracterizó tanto por su unidad y diversidad como por su continuidad y progresión desde el principio, y que llega a su climax en una persona: Nuestro Dios y Salvador Jesucristo.
El pueblo de Israel en su enfoque teológico fue desarrollando un acercamiento cada vez más detallado del Dios a quien le servían. Sin embargo, esos lapsus que experimentaban, a través de los cuáles no podían dejar de ver a Dios como una deidad nacionalista y doméstica, impidieron que en gran parte pudieran aceptar un Cristo cuyo mensaje incluía “otras ovejas” (Juan 10:16), otras naciones (Mateo 28:19-20), una manifestación sorprendente del cumplimiento tanto de su esperanza escatológica como de su monoteísmo ético, entre otros aspectos que le tomaron “fuera de base”. No pudieron adaptarse.
La iglesia como un pueblo hecho de dos pueblos (judíos y gentiles) inicia su maratón a través del nuevo pacto y la verdad es que aún en tales condiciones a varios de los discípulos se les habrá hecho difícil vivir la progresión del plan eterno de Dios con actores invitados a la “ultima hora”, según la cosmovisión judía. Entonces aparece un tal Pablo.
No hay dudas que el mensaje de Pablo (y su elección de parte de Dios), fue el punto neurálgico de esa iglesia inicial y pujante y que la cultura grecorromana sirvió como los rieles donde se subirían aquellos trenes cargados con el Evangelio. Mensaje tal que entraría a los escenarios de debate intelectual más exigentes de su época. Por lo que el criterio o concepto de “fe racional” debiera ser axioma en nosotros como cristianos y no lo es.
La fe no es un opuesto a la razón, aunque en la actualidad muchos tratan de que así se entienda, con todo y que hombres como John Stott (“Creer tambien es Pensar”), Mark Mittellberg (“Eligiendo tu Fe”) y ahora John Piper (“Think”), por citar unos pocos, han echado el pleito. La iglesia sigue viendo la razón como opuesta a la fe.
La señal de advertencia que muchos ven aquí es el gnosticismo(contra el cual luchó tajantemente Pablo, ver Colosenses, etc…), y la propia filosofía.
El Evangelio no es filosofía, incluye su filosofía pero es más que esta, y cuando tratamos de mezclar una cosa con la otra sin evaluar relaciones en su justa dimensión hacemos un desastre. Como ejemplo dentro del judaísmo tenemos a Filón, y dentro del cristianismo los ejemplos son sobrados entre los primeros apologistas, que si bien es cierto que iniciaron defendiendo el evangelio utlizando como “pie amigo” la propia filosofía griega, una inmensa mayoría tomó rumbos poco deseables. (Se le metieron algunas emisoras de fuera, como dice mi amigo Winter).
Con todo esto dicho: Creer no es cometer suicidio intelectual, sino tener una resurreción y restauración de nuestra razón. (Rom. 12:1) Pero el peligro está y es patente.
Tuve profesores que comenzaron siendo excelentes teólogos y hoy son más adeptos a filosofar que a vivir y encarnar las enseñanzas de Jesús. Creer ya les es muy poco.
Pablo por lo tanto al acercarse a la comunidad del Asia Menor dice: “Hermanos míos, cuando os visité para anunciaros el mensaje de Dios, no traté de impresionaros con un lenguaje elevado ni con sabios conceptos, porque me había propuesto no hablar con vosotros de ninguna otra cosa sino de Jesucristo y de su muerte en la cruz. El tiempo que estuve entre vosotros me sentí muy débil, tembloroso y lleno de temores. Mi predicación, respaldada por el poder del Espíritu Santo, fue sencilla y totalmente despojada de arte oratoria y sabiduría humana, a fin de que vuestra fe no se basara en conceptos propios de esa sabiduría, sino únicamente en el poder de Dios.” 1 Corintios 2:1-5
Ese poder de Dios no era otro que la palabra de la Cruz de Cristo que a los griegos le parecía una total ridiculez, mientras que a los judíos una tremenda piedra de tropiezo.
Fijémonos que la cultura “exigía” otra cosa y no algo tan sencillo como que por la muerte de un judío en una cruz la humanidad podía, si aceptaba tal fe, volver a tener reconciliación con Dios. Pero Pablo no cedió.
¿A qué no cedió Pablo?
No cedió a almoldar su mensaje. No cedió a que sus oyentes quedaran simplemente extasiados por su oratoria. No cedió a ser “sofisticado” (palabra que viene de los sofistas). No cedió a cambiar su mensaje; con todo y que había una cultura que quería lo que no necesitaba.
¿Significa esto que Pablo encerró su mensaje en la cultura judía?
En ninguna manera.
Por supuesto que utilizó el griego como idioma vehículo. Por supuesto que usó su ambiente (y la pax romana) como oportunidad perfecta de que el Mensaje del Evangelio transitara. Y por supuesto que habló el lenguaje de su generación, lo que es un reto para nosotros hoy. Pero nunca trató de socavar el mensaje mismo. Nunca trató de rescatar el evangelio del mismo evangelio. Nunca trató de tergiversar la fe a favor de acomodarla “al presente siglo malo”.
Todo lo contrario es lo que todavía grita el Espíritu Santo a través de Romanos 12:2:
“No os amoldéis a los usos y costumbres propios de este mundo; antes bien, procurad que vuestra mente renovada opere la transformación de vuestra personalidad, para que lleguéis a comprobar lo buena, grata y perfecta que es la voluntad de Dios.”
Por eso pienso, que la iglesia debe quitarse esa presión, (que la tiene de sobra), de ser evaluada como valiosa por el mundo de hoy. La iglesia debe hacer lo que le toca hacer. Ser luz y ser sal.
Para que el mundo vea la luz no necesitamos apagarnos y convertirnos en tinieblas, para que el mundo sea sazonado no debemos desvanecernos, porque entonces lo que nos espera es ser pisados (hollados).
Por eso pienso que autores, pastores, maestros, líderes que hoy salen, diluyendo, cambiando, ensuciando, desacreditando el mensaje bíblico se toman un gran riesgo y deben encontrar en nosotros un dique de contención, llámense como se llamen.
El reto es ser iglesia. El reto es no cambiar el mensaje que nos dió el Maestro. El reto es no conformarnos, a la concupiscencia de la generación postmoderna sino al Dios que nos llamó para su gloria. Cuando hacemos esto responderemos con el evangelio a la sed que tienen estas generaciones emergentes.
Hacer lo contrario es no amar esta generación, hacer lo contrario es tirar al zafacón sus necesidades a cambio de darles lo que nos piden que le demos.
¿Tiempo de adaptar el evangelio al mundo o de que el mundo se adapte al evangelio?
El evangelio no es lo que el mundo más quiere, pero es lo que más necesita. No lo cambiemos.
© Por Lenin Almonte. El Blog de Lenin Almonte
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